Seasteading: El Movimiento, Historia y Perspectivas

by | Sep 19, 2023 | Blog

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En la imaginación humana, el mar siempre ha permanecido como un símbolo de libertad e independencia, un sentimiento con raíces profundas tanto en nuestra historia como en psicología. Fue precisamente este deseo de libertad, combinado con un optimismo tecnológico, lo que dio origen al movimiento de seasteading. El término combina las palabras “sea” (mar) y “homesteading” (hacienda en inglés), destacando un enfoque autosuficiente – pero en el mar. Estas nuevas seasteads o colonias marítimas, estarían localizadas lejos de aguas territoriales de cualquier país – y así fuera del alcance de cualquier estado. Seasteaders creen que la creación de dichas colonias en el mar puede abrir las puertas para nuevas formas de gobernanza e innovación.

A lo largo de la historia, el mar ha sido percibido como una vía de escape, ya sea de la persecución, como en el caso de los peregrinos que viajaron a América del Norte, o del estado, como en el caso de los piratas. A lo largo de la historia rutas comerciales marítimas trajeron prosperidad e intercambio cultural. La literatura, el arte y el cine han contribuido a esta aura al romantizar el mar y la vida cerca de él. Como confirmaría cualquier agente turístico, la mayoría de las personas prefieren los complejos turísticos costeros cuando buscan un respiro del estrés y el bullicio de la vida cotidiana. Además, vivir en un barco representa un nivel de autonomía que no se encuentra a menudo en tierra firme, y afortunadamente, la tecnología moderna está haciendo gradualmente más factible la vida en el mar. Después de todo, los océanos conforman más del 70% de la superficie de nuestro planeta, así que ¿por qué involucrarse en luchas políticas por el 30% restante si uno puede, en vez, navegar en libertad?

 

Entre la espada y la pared: los desafíos principales

Analizándolo de cerca, esta idea no es tan simple como suena. Antes de que comunidades autónomas en el océano puedan convertirse en una opción viable de convivir, los seasteaders deben enfrentar algunos desafíos técnicos y políticos complicados. Como, por ejemplo, diseñar estructuras que puedan resistir el entorno marino – especialmente las fuertes olas y las tormentas –, crear fuentes sostenibles de alimento y agua potable o gestionar los residuos y el suministro de energía; y aun así todos estos aspectos representan solo una parte del proceso. La otra parte se encuentra en el ámbito político. Los intentos de los seasteaders de sortear los obstáculos políticos han generado cierto revuelo mediático, desde una pareja de esposos amenazados con la pena de muerte en Tailandia hasta el proyecto de ciudad flotante en la Polinesia Francesa que fue víctima de una reacción política negativa.

Y, sin embargo, los líderes del movimiento se mantienen optimistas como siempre: ellos están convencidos de que las lecciones aprendidas en la última década, así como el recientemente crecimiento en el número de entusiastas, los están encaminando hacia el éxito de la creación de las primeras comunidades flotantes. “Mucho antes de que vayamos a Marte, las personas descubrirán el planeta que está justo frente a nuestras narices”, dice Joe Quirk, presidente del Instituto Seasteading (TSI), cuando hablamos por Zoom después de habernos conocido en la conferencia Liberty in Our Lifetime en Praga. Grant Romundt, CEO de Ocean Builders, una empresa que actualmente está construyendo un grupo de ‘SeaPods’ frente a la costa de Panamá, propone el seasteading como una solución poco convencional para la escasez de viviendas en ciudades crecientes. Los océanos proporcionarán la mayor oportunidad de bienes raíces del siglo XXI, afirma mientras presenta el prototipo del SeaPod en la misma conferencia.

El seasteading es “como el Bitcoin, pero para el océano, es un concepto que evade las estructuras establecidas”, explica Aldo Antinori, un ciudadano de Panamá que desempeñó un papel fundamental en presentar Ocean Builders a los altos funcionarios del país. Y bueno, precisamente ahí radica el escepticismo: no todos están convencidos de que crear una herramienta para escapar del control gubernamental sea una idea o concepto viable. Algunos críticos sostienen que el seasteading solo serviría a los ricos, creando paraísos fiscales en alta mar o escapando de sus responsabilidades como ciudadanos de un país. Además, se plantean preocupaciones ambientales; construir en el océano podría tener un impacto en los ecosistemas marinos (aunque no necesariamente de manera negativa: incluso la ONU ha respaldado el seasteading como una posible respuesta a los desafíos ambientales). Finalmente, algunos argumentan simplemente que los desafíos técnicos son demasiado grandes y que la mayoría de las personas no elegiría vivir en el océano.

 

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‘SeaPods’, casas flotantes sostenibles y autosuficientes diseñados por Waterstudio.NL para Ocean Builders. Estas se anclan en aguas resguardadas en Panamá. Fuente: Ocean Builders.

 

Vámonos al mar: autores, arquitectos y anarquistas

Las comunidades flotantes han sido un elemento básico en mitos, leyendas y ficción durante milenios. Uno de los ejemplos mitológicos más antiguos es Atlantis, descrita por el filósofo griego Platón como una ciudad isleña de gran prosperidad y tecnología incomparables que finalmente fue sumergida y perdida bajo las olas. La ficción contemporánea revela tanto la fascinación como el miedo ante la idea de vivir en el mar: en Ready Player One de Ernest Cline, por ejemplo, el villano planea crear su propia utopía marítima en las poco reguladas aguas del Caribe, reuniendo una flota de plataformas y barcos petroleros modificados para formar una gigantesca plataforma modular. La película de 1995 Waterworld (Mundo Acuático) está ambientada en un futuro posapocalíptico donde la Tierra está completamente cubierta por océanos y comunidades de sobrevivientes viven en estructuras flotantes. En el otro extremo del espectro se encuentra Sailing Free, una cautivadora novela libertaria coescrita por Gabriel Stein, miembro de la Sociedad Mont Pelerin, ambientada en el Estado Libre Islandés del siglo XI y que celebra la vida de un joven capitán y comerciante marítimo que defiende la soberanía de su tierra natal.

Varias mentes arquitectónicas también han quedado cautivadas por la idea, viéndola como una solución innovadora para desafíos urbanos como la densidad poblacional, la escasez de espacio y el aumento del nivel del mar. La década de 1960 estuvo marcada por dos proyectos particulares: Triton City de Buckminster Fuller y el Tokyo Bay Plan (Plan de la Bahía de Tokio) de Kenzo Tange. Las propuestas más destacadas del siglo XXI incluyen el Lilypad de Vincent Callebaut, una ciudad flotante autosuficiente para refugiados climáticos, la Ocean Spiral de Shimizu Corporation, una torre submarina de 500 metros de ancho, y Wayaland de Lazzarini, inspirada en las pirámides mayas. Más recientemente, el famoso arquitecto Bjarke Ingels ha causado sensación con Oceanix City, diseñada en colaboración con la ONU-Habitat y ubicada en Busan, Corea del Sur. La lista estaría incompleta sin el diseñador holandés Koen Olthuis, fundador de Waterstudio.NL. Aprovechando la rica herencia de gestión del agua de los Países Bajos, sus diseños fusionan de manera perfecta los entornos acuáticos y terrestres.

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Lilypad

Propuesta por el arquitecto belga Vincent Callebaut, esta ciudad flotante autosuficiente fue diseñada para albergar a refugiados climáticos. Utiliza tecnologías sostenibles y tiene como objetivo producir más energía de la que consume.

Fuente: Flickr/Trinidad News

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The Ocean Spiral

La ciudad submarina de la Shimizu Corporation es un hábitat en alta mar donde las personas vivirían y trabajarían. Aprovecha los recursos del lecho marino e incluye una esfera a unos 500 metros bajo el nivel del mar para áreas residenciales y comerciales.

Fuente: Flickr/Forgemind ArchiMedia

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Oceanix City

Diseñado por Bjarke Ingels, este proyecto imagina una serie de islas modulares hexagonales en grupos para formar comunidades sostenibles en el agua. El diseño incorpora energía renovable, agricultura vertical y acuicultura.

Fuente: OCEANIX/BIG-Bjarke Ingels Group

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Tokyo Bay Megastructure, Kenzo Tange

La propuesta de Kenzo Tange era una solución radical a los desafíos urbanos que enfrentaba Tokio después de la guerra. El diseño implicaba la recuperación de vastas áreas de la Bahía de Tokio para dar cabida a una población en crecimiento y necesidades de infraestructura

Fuente: Flickr/Ilona Gaynor

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Rendering Freedom

En 2009, el Instituto Seasteading anunció un concurso de diseño con un premio de $1,000 para el concepto del primer seastead y recibió 41 propuestas. El proyecto de Anthony Ling estuvo entre los ganadores.

Fuente: Wikimedia

Y luego estaban otros tipos de soñadores, para quienes el mar abierto ofrecía un lienzo en blanco para re-imaginar las estructuras sociales. Inspirado por “La rebelión de Atlas” de Ayn Rand, en 1968, el empresario Werner Stiefel lideró la “Operación Atlantis“, un ambicioso proyecto destinado a crear una micronación soberana y libertaria. Stiefel compró un barco y luego toda una isla cerca de las Bahamas. Sin embargo, disputas políticas y desastres naturales, como huracanes, continuamente obstaculizaron el progreso del proyecto.

De igual corta duración fue la República de Minerva, un intento de Michael Oliver, un millonario de bienes raíces de Las Vegas, de establecer una nación libertaria sin “impuestos, estado de bienestar, subsidios ni ninguna forma de intervencionismo económico” en los Arrecifes de Minerva, entre Tonga y Nueva Zelanda. A pesar del éxito inicial, que incluyó la creación de una isla artificial, Tonga pronto reclamó los arrecifes y perturbó el plan.

 

Navegando al Límite: La Saga de Sealand

El Principado de Sealand es quizás el intento más famoso de crear una micronación marítima. Fue proclamado en 1967 en una plataforma de artillería antiaérea británica en desuso construida durante la Segunda Guerra Mundial, a 12 kilómetros de la costa de Inglaterra, por Paddy Roy Bates, un ex mayor del Ejército Británico convertido en locutor de radio pirata. Pronto Paddy se trasladó a vivir en la plataforma con su esposa Joan y sus hijos. Cuando la tripulación de una estación de radio pirata rival intentó asaltar la plataforma, los sealanders respondieron con bombas de gasolina y armas; la Marina Real intervino y también se encontró con una reacción hostil. Bates y su hijo Michael fueron arrestados, pero el Tribunal Real desestimó el caso concluyendo que el seastead se encontraba fuera de las aguas territoriales del Reino Unido, es decir, fuera de la jurisdicción británica. Los sealanders se regocijaron: ¡su soberanía fue reconocida de facto! En los años siguientes, introdujeron su propia constitución, bandera e himno nacional, comenzaron a acuñar monedas e imprimir sellos oficiales y comenzaron a emitir pasaportes de Sealand. El fundador fue coronado como el Príncipe Roy y su esposa como la Princesa Joan de Sealand.

En su cúspide, alrededor de 50 personas vivieron en la plataforma. La micronación incluso se enfrentó a un intento de golpe de Estado en 1978, cuando Alexander Achenbach, un abogado nacido en Alemania que servía como primer ministro de Sealand, contrató mercenarios y tomó como rehén a Michael Bates. La familia Bates luchó contra el intento de golpe y, finalmente, Achenbach fue capturado y acusado de traición contra Sealand. Ese fue el momento de la verdad: ¿qué haría Alemania? En cierto sentido, era un dilema insoluble: si el país decidía negociar su liberación mediante medios diplomáticos, eso parecería el reconocimiento de Sealand; si, en cambio, Alemania abandono el caso, concluyendo que Achenbach era un ciudadano de Sealand y, por lo tanto, estaba fuera de su jurisdicción, eso volvería a parecer el reconocimiento de Sealand. La embajada alemana en Londres envió un representante para investigar el caso, pero finalmente, Achenbach pagó una multa a las autoridades de Sealand, fue liberado y regresó a Alemania, solo para proclamar un Gobierno Rebelde de Sealand en el exilio.

 

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A pesar de su escurril historia y afirmaciones de soberanía, el Principado de Sealand no ha sido reconocido como un estado soberano por ningún gobierno internacionalmente reconocido. Fuente: Sealand.gov.

 

En 1987, el Reino Unido extendió sus aguas territoriales a 12 millas náuticas, lo que hizo que fuera más difícil mantener las afirmaciones de soberanía por parte del Principado de Sealand en la práctica. Roy Bates falleció en 2012 a la edad de 91 años, y su hijo se convirtió en el Príncipe Michael de Sealand. A pesar de que en la actualidad nadie vive en la plataforma oxidada, Michael Bates, quien publicó sus memorias Holding the Fort en 2015, reside en su bungalow en Essex. “El país más pequeño del mundo” todavía emite pasaportes, vende recuerdos e incluso tiene un equipo de fútbol. Por tan solo £25, uno puede convertirse en Lord o Dama de Sealand, mientras que otros títulos reales más costosos se venden por £500. El certificado pergamino que confirma el título está adornado con el escudo de armas de Sealand que lleva el lema obstinado de la nación: “E Mare, Libertas” — “Desde el mar, la libertad”.

 

Zambullido en la materia: Lo que dice la Ley

En el centro de todos los proyectos de micronaciones marítimas yace la convicción de maximizar la libertad personal y minimizar la intervención estatal. Sealand, con su tumultuosa historia, ha perdurado más que otros proyectos. Escépticos argumentan que Sealand era demasiado pequeño para que el Gobierno británico siquiera se molestara. Pero ¿qué se suponía legalmente que debían hacer las autoridades del Reino Unido con Sealand, si es que debían hacer algo? ¿Qué dice la ley marítima internacional sobre el seasteading?

Para empezar, no existe una definición legal de seastead. El seasteading es un término amplio que abarca todo tipo de estructuras diferentes. Al igual que no hay una forma universal de vivir en tierra firme, no hay un tipo único de comunidad flotante que sirva para todos. Los seasteads pueden tomar la forma de barcos individuales, plataformas oceánicas (flotantes, permanentemente fijas o en algún punto intermedio) o islas artificiales enteras. La definición de “buque”, por ejemplo, varía de un país a otro. Una pregunta importante es si una estructura dada está fija al fondo del océano o cambia regularmente de ubicación.

Además, los proyectos de seasteading varían en su proximidad a la costa – el factor principal que influye en su nivel de autonomía. El océano está regulado por una serie de tratados multilaterales firmados por la mayoría de naciones, como la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (UNCLOS, por sus siglas en inglés). El documento delinea cuatro zonas marítimas legales principales. Cada estado costero tiene soberanía sobre sus aguas territoriales, que se extienden a 12 millas náuticas desde su costa (una milla náutica es una unidad utilizada en la navegación marítima y aérea y equivale aproximadamente a 1.151 millas terrestres). Navegando otras 12 millas náuticas desde la costa, permanecemos en la llamada zona contigua, donde el estado costero puede aplicar leyes relacionadas con aduanas, impuestos, inmigración y contaminación. La Zona Económica Exclusiva (ZEE) se extiende a 200 millas náuticas desde la costa; aquí, un estado costero tiene derechos especiales con respecto a la exploración y el uso de recursos marinos, pero otros estados también pueden navegar en la ZEE. Colocar seasteads tan cerca de la costa implica una colaboración más estrecha con uno o varios estados, como veremos en algunos ejemplos a continuación.

Y finalmente, están las aguas internacionales, la última frontera, donde las aguas se vuelven verdaderamente “internacionales”. Aquí, todos los estados tienen libertad de navegación, pero ningún estado tiene soberanía.

Suena como una ubicación ideal para un seastead, ¿verdad?

 

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Zonas marítimas. Fuente: ​​Flickr.com/Riccardo Pravettoni

 

La idea de una comunidad flotante permanente en el océano presenta nuevos desafíos legales. Incluso en alta mar no existe un reino de completo caos y desorden; por ejemplo, un barco debe llevar la bandera de algún estado. El profesor Tom W. Bell, un experto legal con sede en California que asesoró al Instituto Seasteading (y a algunas ciudades libres prominentes, incluyendo las ZEDEs de Honduras), ha ideado una receta para los seasteads que desean eludir las reglas de la mayoría de las convenciones marítimas. Para mantenerse fuera del radar. Bell escribe que las comunidades flotantes deben permanecer fijas en su lugar, con una longitud por debajo de 24 metros a nivel de la línea de flotación y evitar entrar en puertos extranjeros.

“Los seasteads obtienen exenciones adicionales si se mantienen en o cerca de aguas resguardadas y tienen un tamaño inferior a 12 metros de longitud, 400 toneladas de registro bruto y una capacidad de 15 personas. Aunque los seasteads más grandes o aquellos que navegan caen dentro del ámbito de convenciones adicionales, podrían calificar para exenciones de muchos de sus requisitos”.

Las “islas artificiales” son otra opción. UNCLOS otorga a las naciones el derecho de construirlas en alta mar. Pero nuevamente, estamos hablando de estados internacionalmente reconocidos, no de grupos de entusiastas sin el respaldo de un estado. Ryan C. Schmidtke, autor de Islas Artificiales del Futuro (Artificial Islands of the Future), concluye que la opción más viable para un seastead sería llegar a un acuerdo con una nación anfitriona interesada para la creación de una Zona Económica Especial (SEZ por sus siglas en inglés) marítima. Esto proporcionaría a los seasteaders la protección física tan necesaria, así como la certeza legal, junto con la deseada, aunque limitada, autonomía política. Como veremos, esta es precisamente la ruta que los seasteaders han explorado con mayor intensidad en la última década, con resultados diversos.

 

Vamos a pescar: Quiénes son quien en el movimiento seasteading

“Seavilisation” (civilización marítima), “sevangelistas” (evangelistas marítimos), “aquapreneurs” (emprendedores acuáticos), “aquatecture” (arquitectura acuática), “aquaculture” (acuicultura): prepárese para aprender algunas palabras nuevas si decide adentrarse más en el movimiento del seasteading. La palabra “seasteading” en sí fue acuñada por el empresario de software Wayne Gramlich en 2008. Junto con Patri Friedman, nieto del economista ganador del Premio Nobel Milton Friedman, fundaron el Instituto Seasteading (TSI), una organización sin fines de lucro que promueve la creación de comunidades flotantes soberanas. Durante más de una década, mientras mantenía su trabajo diario como ingeniero en Google, Patri fue la cara del seasteading – explicando el concepto una y otra vez a la escéptica multitud de medios de comunicación, organizando el festival Ephemerisle apodado  el “Burning Man en barcos” y presentando la idea a los gurús del Silicon Valley. Gracias a sus esfuerzos, el TSI recibió una dotación de $ 1,7 millones de dólares del multimillonario inversor de riesgo Peter Thiel, cofundador de PayPal. Algunos años después, Thiel renunció a la junta directiva del TSI, concluyendo que la idea “no era del todo factible”. Pero el movimiento continúa. Reuniendo a inversores de riesgo y entusiastas de las criptomonedas, académicos y abogados, arquitectos e ingenieros de software, el concepto sigue causando revuelo a escala global.

 

 

Joe Quirk, presidente de TSI, se considera, ante todo, un narrador de historias. En 2017, junto con Patri Friedman, publicó un libro titulado Seasteading: How Floating Nations Will Restore the Environment, Enrich the Poor, Cure the Sick, and Liberate Humanity from Politicians (Seasteading: Cómo las Naciones Flotantes Restaurarán el Medio Ambiente, Enriquecerán a los Pobres, Curarán a los Enfermos y Liberarán a la Humanidad de los Políticos) – una promesa muy audaz, de hecho. “Cuando me enteré por primera vez del seasteading”, me cuenta Quirk en una entrevista, “era una especie de movimiento marginal. Fue demonizado en la prensa, ya sabes: las personas ricas quieren crear islas malvadas de egoísmo. No podían haber tenido peor renombre”. El objetivo del libro era reformular el debate y reclutar a cientos de personas con diversos antecedentes políticos y profesionales en el movimiento. Y funcionó, según él cree.

Las historias a continuación podrían no haber ocurrido jamás si alguien no hubiera leído el libro de Seasteading en el momento adecuado. Alguien como Rüdiger Koch, un ingeniero alemán y entusiasta del bitcoin, que lo ha leído dos veces y se acercó a Quirk para confirmar que todo eso era técnicamente factible. O alguien como Grant Romundt, un desarrollador de software de Canadá, que conoció a Quirk en un avión un día y se intrigó por su camiseta que decía “Stop arguing, start seasteading” (Deja de discutir, comienza el seasteading). O también alguien como Chad Elwartowski, que se ofreció como voluntario para convertirse en el primer seasteader de la historia y se encontró en medio de una historia al estilo de Hollywood. “Estas dos personas [Elwartowski y Romundt] son como los dos hemisferios del cerebro humano, están trabajando juntos en esta cosa que nunca hubiera imaginado”, dice Quirk, refiriéndose a Ocean Builders, una empresa detrás de algunos de los proyectos de seasteading más notables hasta la fecha. “Mi único trabajo es contar estas historias”. Con varias novelas en su haber, Quirk cree que la realidad puede ser más asombrosa que la ficción.

 

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Joe Quirk, presidente del Instituto Seasteading, hablando en la conferencia Liberty in Our Lifetime 2022 en Praga.

 

Bienvenidos a la SeaZone: El capítulo de la Polinesia Francesa

Esencialmente, todas las iniciativas de Ciudades Libres enfrentan un equilibrio entre la estabilidad y la flexibilidad. Balanceando cuidadosamente el deseo de autonomía con la necesidad de certeza legal y protección física, a menudo buscan un acuerdo con un estado existente. Los gobiernos, a su vez, pueden estar dispuestos a delinear un territorio y probar suerte, esperando que la relativa libertad atraiga talento y capital. Los seasteaders, al menos en teoría, no necesitan pedir permiso a nadie – después de todo, no están usando tierra soberana de ningún país. Pueden comenzar a construir una nueva sociedad sin un estado desde cero. Sin embargo, en la vida real, las naciones emergentes en el mar necesitan estabilidad más que nadie – incluso la estabilidad física, cuando vives en alta mar, se convierte en un desafío. ¿La solución? Una SeaZone.

En 2016, el Instituto Seasteading y su organización socia con fines de lucro, Blue Frontiers, fueron abordados por Marc Collins, exministro de turismo de la Polinesia Francesa. Un territorio de ultramar de Francia con un alto grado de autonomía, compuesto por más de cien islas y atolones dispersos por el Pacífico Sur, siendo Tahití la más famosa. Conocido por sus pintorescas lagunas turquesas, arrecifes de coral e islas volcánicas, el país depende en gran medida del turismo. Para la Polinesia Francesa, la perspectiva de convertirse en el primer lugar del mundo en tener una comunidad flotante futurista con hogares, restaurantes y hoteles parecía una oportunidad para impulsar su potencial turístico a nuevas alturas. Se firmó un memorando de entendimiento entre TSI y el gobierno de la Polinesia Francesa para la creación de islas modulares frente a la costa de Tahití. Una serie de plataformas semiautónomas junto con un asentamiento en tierra formarían una ‘SeaZone’, una Zona Económica Especial anclada en el mar.

 

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En septiembre de 2016, un equipo internacional de delegados del seasteading viajó a Tahití para reunirse con el presidente polinesio Édouard Fritch y varios otros funcionarios gubernamentales. Fuente: The Seasteading Institute

Para los seasteaders, la Polinesia Francesa cumplía con muchos requisitos. El país disfruta de un estado de derecho robusto y estabilidad institucional, buenas conexiones de transporte con ciudades importantes y una infraestructura decente, que incluía internet de banda ancha – un elemento imprescindible para los nómadas digitales. Sin embargo, dentro del país, no todos daban la bienvenida a la iniciativa. A medida que se acercaba la nueva temporada electoral, los políticos locales criticaban el proyecto como “neocolonial” y “elitista”, y culpaban al gobierno de turno por la falta de consulta con la población. Los defensores argumentaban que la SeaZone no solo crearía 2,000 empleos y aportaría más de $170 millones de inversión total a la Polinesia Francesa, sino que también mejoraría su resistencia al cambio climático. Nada de eso convenció al gobierno del país, que en 2018 cambió de opinión y puso fin a su colaboración con TSI y Blue Frontiers.

Eso no ha desalentado a “seavangelistas” y “aquapreneurs” de buscar rutas alternativas hacia el éxito. ¿Tal vez intentar involucrar a un estado cuando se construye una sociedad sin él fue una mala idea desde el principio? En el lado opuesto del mundo se probó una estrategia diferente: pedir perdón en lugar de permiso.

 

En Aguas Profundas: Escapando de Tailandia

Criado en un pequeño pueblo agrícola en Michigan, Chad Elwartowski era un candidato poco probable para convertirse en el primer seasteader de la historia. Sin embargo, inspirado por la estrategia de “Deja de discutir, comienza el seasteading”, él y su pareja tailandesa, Nadia Summergirl, se ofrecieron como pioneros. A principios de 2019, Ocean Builders instaló una casa flotante para una familia a 12 millas náuticas de la costa de Phuket en Tailandia. Aquella simple estructura octogonal de 6 metros de ancho tuvo un costo de alrededor de $150,000 dólares. La pareja vivió en su nueva casa durante algunas semanas, visitando ocasionalmente el continente para resolver aspectos básicos y tratar de obtener un permiso por escrito del gobierno tailandés. Mientras tanto, tres abogados locales confirmaron que no había nada ilegal en su plan. Después de todo, pensaron, no era muy diferente a vivir en un barco. “Todo lo que esperamos del gobierno tailandés es que sigan el derecho internacional. Nosotros haremos lo mismo”, dijo Elwartowski a la revista Reason en ese momento. Resulta que eso ya era demasiado pedir.

 

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Una casa flotante para una familia donde Chad y Nadia pasaron unos felices meses en 2019 antes de que Marina tailandesa se percatase de ellos. Fuente: The Seasteading Institute

Un día, los amigos de Elwartowski vieron una publicación aterradora en su feed de Facebook. Aparentemente, la Marina tailandesa consideraba su pequeño refugio una amenaza para la independencia del país, nada menos que un delito potencialmente castigado con cadena perpetua – o incluso la muerte. Los dos tuvieron que buscar rápidamente formas de escapar del país. Para Nadia, una ciudadana tailandesa, eso significaba solicitar asilo y no poder volver a casa. En esa publicación de Facebook, Elwartowski pedía ayuda legal y protección diplomática, enfatizando una vez más que sus intenciones siempre habían sido benignas:

“Esperábamos llevar el turismo a Phuket con un restaurante submarino, hoteles flotantes e investigación médica, empleos tecnológicos, etc. En la última semana, 3 empresarios adinerados nos dijeron que venían a vivir a Phuket porque estaban entusiasmados con el proyecto. Amamos a Tailandia. Nadia es orgullosamente tailandesa. Es una fiel budista que no apoya la violencia. Yo soy un pacifista que no haría daño a una mosca”.

Amenazar a los primeros seasteaders con la pena de muerte, concluyó, era “exactamente la razón por la que alguien estaría dispuesto a ir al medio del océano para escapar de los gobiernos” en primer lugar. Lo que motivó a la Marina tailandesa a reaccionar de manera tan severa sigue siendo un misterio, pero Joe Quirk está tratando de desentrañarlo en su próximo libro, La Persona más Libre del Mundo, que casi ha terminado. “Vivieron en una película de Hollywood que haría que Tom Cruise sintiera envidia”, dice, hablando de la pareja. Con experiencia militar, Elwartowski decidió que ‘desaparecer’ durante un par de meses, incluso después de escapar de Tailandia, era lo mejor que podía hacer. Los dos volvieron a la superficie en Panamá, pero esa es la siguiente parte de esta historia.

 

¿Una marea creciente que se lleva todas las embarcaciones por delante? El Capítulo de Panamá

¿Por qué Panamá? La geografía es parte de la respuesta: el país es un centro global de logística y transporte, que se encuentra fuera de la zona de huracanes y tiene acceso a dos océanos. El aspecto económico también es favorable. Panamá ya tiene un buen historial de Zonas Económicas Especiales (SEZs), incluyendo, notablemente, la Zona Libre de Colón, el puerto libre más grande de las Américas y el segundo más grande del mundo. También resultó ser el primer país extranjero que, en 1903, adoptó el dólar estadounidense como su moneda – la dolarización hace que Panamá sea un destino atractivo para inversores extranjeros y lo protege de la maldición de la hiperinflación que afecta a muchos otros países latinoamericanos. Por último, pero no menos importante, el sistema de tributación territorial de Panamá lo convierte en un imán para los nómadas digitales: los ingresos generados en el extranjero no están sujetos a impuestos en Panamá. Joe Quirk agrega una razón más: “No tienen una marina – algunos de nosotros somos un poco sensibles acerca de las marinas desde el episodio en Tailandia”.

 

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La Zona Libre de Colón en Panamá, el puerto libre más grande de las Américas y el segundo más grande del mundo. Fuente: Wikimedia Commons.

 

Además de todo esto, el gobierno panameño mostró interés en la iniciativa. Una persona clave para conectar todos los puntos fue Aldo Antinori, un entusiasta Bitcoiner y nativo de Panamá, que se entusiasmó con el concepto de seasteading y además conocía a las personas adecuadas. El invitó a Joe Quirk al país y lo presentó en la oficina del presidente, varios ministerios y las autoridades del Canal de Panamá. El hecho de que Héctor Alexander, ministro de Finanzas, hubiera sido estudiante de Milton Friedman en Chicago en la década de 1970, también podría haber ayudado. Como resultado, la idea de un enclave libertario en el mar, liderado entre otros por el nieto de Milton Friedman, cayó en terreno fértil.

“Los gobiernos aman todo lo que tiene que ver con la inversión y la innovación”, me explica Antinori en una entrevista. “Les dijimos: escuchen, tenemos un grupo de inversores que están creando esta tecnología innovadora y quieren probarla aquí en Panamá. Y ellos dijeron: Sí, por supuesto, ¿cómo podemos ayudar?”. Al final, admite que el gobierno no hizo mucho para ayudar, pero al menos no les importó que Ocean Builders continuara con su trabajo. La idea de SeaZone estaba en la agenda una vez más. Sin embargo, Ocean Builders se dio cuenta rápidamente de que podían acelerar enormemente el proceso si, en lugar de solicitar el estatus de SeaZone, juntaban fuerzas con un puerto privado que ya operaba como una concesión público-privada.

La Marina Linton Bay era justo aquello. Además, su presidente resultó ser Surse Pierpoint, fundador de la Fundación Libertad Panamá, un think-tank en favor del libre mercado, y exgerente de la Zona Libre de Colón. Un destacado pensador y practicante libertario, estaba al tanto del seasteading como concepto y rápidamente apreció todos los beneficios que un proyecto como ese podría aportar a Panamá. Ocean Builders abrió un taller en Linton Bay, contrató a unos 30 empleados localmente y comenzó a construir un prototipo de SeaPod.

 

La Punta del Iceberg: Bitcoiners contra Burócratas

Eso ocurrió a finales de 2019, poco antes de que llegara la pandemia de COVID-19. Por un lado, los confinamientos de Covid afectaron a la economía del país, creando incertidumbre para todos, incluido Ocean Builders. Al mismo tiempo, la intrusión sin precedentes en las libertades personales, disfrazada de preocupaciones por la salud pública, hizo que muchos ciudadanos en todo el mundo – muchos de ellos por primera vez – cuestionaran la legitimidad de los gobiernos en sí. El movimiento de seasteading ganó muchos nuevos seguidores.

Mientras tanto, la industria de cruceros estaba en ruinas. Algunas empresas intentaron salvar su negocio organizando “cruceros a ninguna parte“, pero muchas comenzaron a deshacerse de sus activos principales: los barcos. Ocean Builders vio esto como una oportunidad: nunca antes se había podido comprar un magnífico crucero de 11 cubiertas, diseñado por Renzo Piano y con capacidad para casi 2,000 pasajeros, por menos de $10 millones. El barco anteriormente conocido como el Pacific Dawn fue renombrado como MS Satoshi y se concibió como el centro de una futura ciudad flotante en Panamá. Rodeada por una constelación de SeaPods, formaría una gigantesca letra ‘B’, como en ‘bitcoin’, para reflejar las opiniones criptoanarquistas de la tripulación fundadora.

 

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La tripulación del MS Satoshi. Fuente: Seasteading.org.

 

Si algo parece un barco, navega como un barco o suena como un barco, entonces probablemente es un barco; así es como piensa cualquier burócrata, ya sea en Panamá, Portugal o Pakistán. MS Satoshi, sin duda, parecía un barco, aunque Ocean Builders tenía planeado convertirla en un condominio flotante permanente. Como barco, requería una bandera (preferiblemente panameña, de lo contrario, tendría que salir de las aguas territoriales de Panamá de vez en cuando), motores en funcionamiento y tanques de diésel (aunque el plan era deshacerse de ellos y utilizar el espacio liberado para talleres), una tripulación de al menos 30-40 personas y, lo más importante, un seguro.

“Mi trabajo diario era leer todas las leyes marítimas que Panamá había promulgado, lo cual no fue divertido”, recuerda Chad Elwartowski. El descubrimiento más frustrante para Ocean Builders fue que nadie estaba dispuesto a asegurar algo tan innovador. “Solo hay unas docenas de compañías de seguros en el mundo que cubren barcos grandes, y no les gustaba que fuéramos innovadores, así que no pudimos encontrar una compañía de seguros dispuesta a trabajar con nosotros”, explica. A pesar del apoyo general del gobierno de Panamá, el MS Satoshi quedó en un limbo regulatorio.

A finales de 2020, justo antes de Navidad, Ocean Builders anunció que, lamentablemente, el Satoshi Crypto Cruise Ship fue vendido a otra compañía de cruceros. Sin embargo, esto no fue el final de la historia. Aún tenían una fábrica de SeaPod en funcionamiento, la Marina Linton Bay y las autoridades de Panamá todavía estaban de su lado y el movimiento de seasteading estaba creciendo más que nunca, en línea con el desencanto colectivo hacia las estructuras gubernamentales tradicionales. La idea de un barco como pieza central de una comunidad flotante impulsada por la libertad y el bitcoin en Panamá fue abandonada, pero no la comunidad en sí.

 

Navegación sin problemas: Hogares inteligentes y flotantes a la venta

SeaPods, viviendas flotantes en forma de concha con vistas panorámicas al océano, fueron diseñadas por el principal “aquatecto” del mundo, Koen Olthius. Aunque estas estén ancladas al lecho marino mediante un sistema de boyas spar, las SeaPods se pueden mover a diferentes ubicaciones si es necesario. También pueden agruparse en grupos, creando comunidades enteras de seasteading. Ultra-minimalistas, sostenibles, ecológicamente restauradoras, diseñadas para aumentar, no agotar el hábitat de la vida marina como los corales y los peces, y, al menos en teoría, completamente autosuficientes. Estas estructuras están equipadas con paneles solares y sistemas de recolección de agua de lluvia. Cada SeaPod ofrece 833 pies cuadrados de espacio habitable, comparable a un apartamento promedio de 2 dormitorios, con un precio que oscila entre $295,000 y $1.5 millones de dólares.

El prototipo de SeaPod – con un aura de nave espacial, tecnológicamente avanzado, con enormes ventanas panorámicas con vistas al puerto – se instaló en Linton Bay a finales de 2022 y ahora está disponible para que los visitantes curiosos se queden a pasar la noche. “Voy a visitarlo aproximadamente una vez al mes y me quedo [allí] durante la noche”, me cuenta Chad Elwartowski, “y cada vez que estoy allí, hay alguna nueva tecnología implementada. Por ejemplo, abres la puerta del baño y el asiento se abre para ti. Todo es muy avanzado tecnológicamente”. Un equipo de ingenieros de software trabaja las 24 horas del día en mejorar las características del ‘hogar inteligente’, un proceso meticulosamente documentado en su blog. En perspectiva, se espera que los ocupantes de SeaPod utilicen un anillo inteligente para todo, desde atenuar las luces LED hasta ordenar entregas de comida con drones.

 

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Un prototipo de SeaPod. Fuente: Ocean Builders.

 

El proceso no fue sencillo al principio. Todos los seguidores del movimiento seastead recuerdan el momento doloroso cuando la SeaPod insignia se inclinó y luego se hundió parcialmente justo después de su instalación. Fotos vergonzosas, que llenaron los medios de comunicación en septiembre de 2022, mostraban a una multitud, incluido el presidente panameño Laurentino Cortizo, mirando impotente una elegante estructura blanca que estaba a punto de sumergirse. El ladeo, aparentemente, fue causado por un mal funcionamiento del sistema de bombeo que desestabilizó el SeaPod. En cuestión de días, se reparó la construcción y el SeaPod volvió a flotar, y ha estado flotando desde entonces. 

“Fue una forma rápida de saber quiénes eran nuestros amigos y quiénes eran los detractores”, recuerda Elwartowski luego de aquella ducha fría que recibió Ocean Builders en las redes sociales. La audiencia global ignoró en gran medida el hecho de que el problema se resolvió en cuestión de días, dice, pero el público panameño siguió siendo en su mayoría positivo. En los últimos años, Ocean Builders ha proporcionado empleo y formación a docenas de trabajadores locales con poca formación, colaborando con la preservación de arrecifes de coral y proyectos de investigación científica marina. “Estamos ganando los corazones y las mentes de los panameños”, concluye con orgullo Joe Quirk (aunque el TSI se retiró oficialmente del proyecto en 2023, él sigue siendo amigo y firme partidario).

El sentimiento es mutuo: Elwartowski ahora habla con mucho cariño de su nuevo hogar. “Amamos a Panamá”, dice. Después de escapar de Tailandia, él y Nadia se casaron y tuvieron un hijo en Panamá. “Estamos criando a nuestra niña y nos sentimos seguros. El clima es similar al de Tailandia y la gente es amigable”. Uno de los países más ricos de América Latina, Panamá atrae cada año a más turistas y expatriados. La mayoría de ellos se dirigen a la capital, pero algunos podrían ser seducidos por la oportunidad de vivir en una casa flotante con vistas al océano de 360 grados y compartir con vecinos amantes de la libertad. Según Elwartowski, “una vez que lo experimentas, es difícil no querer volver allí”.

 

¿Una gota en el océano? Porque empezar pequeño podría ser la clave

Una casa flotante minimalista para una familia, o incluso una congregación de ellas, parece estar muy lejos de la ambición original de crear naciones enteras en aguas neutrales y sin un estado. Pero los seasteaders no lo ven como una desviación de la gran visión, sino más bien como el primer paso incremental hacia la meta final. Linton Bay será un laboratorio para probar la vida en el océano, demostrar que es posible y recaudar los fondos necesarios para avanzar el concepto. “Pero nuestro objetivo final siempre ha sido salir al océano abierto”, me asegura Elwartowski.

A corto plazo, el plan es poner a disposición de los visitantes los SeaPods en el puerto de Linton Bay y luego comenzar a venderlos a grandes operadores de resorts marinos en todo el mundo. La próxima generación de casas flotantes, la Deep Water SeaPod, tendrá una habitación submarina. Los viajeros adinerados ya pagan miles de dólares por noche para alojarse bajo el nivel del mar (vea algunos ejemplos a continuación). Los seasteaders van a cobrar mucho más barato “porque queremos que los turistas de clase media vengan y se queden en él”, explica Quirk este modelo ‘Seabnb’. Según Ocean Builders, ya reciben solicitudes de resorts de lujo dispuestos a comprar varias docenas de pods cada uno.

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La primera residencia de hotel submarina del mundo, el Conrad Maldives Rangali Island propiedad de Hilton, cobra un mínimo de $10,000 por noche por una estancia de lujo bajo el océano. El piso superior, que se encuentra sobre el agua, cuenta con una amplia terraza para tomar el sol y relajarse.

Fuente: Flickr/Daniel Gillaspia

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La Atlantis Underwater Suite en el Dubai Palm ofrece una vista fascinante hacia la Ambassador Lagoon del resort, hogar de 65,000 habitantes marinos. Si bien ver tiburones y mantarayas deslizándose es una experiencia única por sí misma, la suite también ofrece otros lujos, como un mayordomo personal las 24 horas, todo por $7,125 por noche.

Fuente: Flickr/Werner Bayer

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En la isla Sentosa, a un paso de la costa de Singapur, Resorts World Sentosa presenta 11 dúplex Equarius Ocean Suites. Estos integran de manera única el vasto acuario del resort, lo que permite a los huéspedes disfrutar de un patio al aire libre en el nivel superior y vistas cautivadoras bajo el agua de 40,000 peces en el piso de abajo por $1,450 por noche.

Fuente: Flickr/Simon_sees

Pero ¿qué pasa con la libertad política? “Estar en el agua ya te otorga cierto grado de soberanía”, razona Elwartowski. “Quiero decir, si miras a todas estas personas que viven en sus barcos, ellas no están demasiado preocupadas por muchas cosas que el resto de nosotros nos preocupamos, como las leyes de zonificación o los impuestos sobre la propiedad”. “La autonomía proviene del hecho de que puedes moverlo”, concuerda Antinori. Si Panamá de repente se vuelve hostil, los SeaPods pueden flotar hasta la vecina Costa Rica, o incluso más lejos a Honduras, donde la nueva comunidad seastead puede convertirse en parte de una ZEDE existente. Ocean Builders afirman que ya reciben “mucho interés de otros gobiernos”, sin revelar los detalles aún.

 

Anclados en experiencia: Tres lecciones principales

Navegando por las corrientes políticas en la Polinesia Francesa, escapando de una tormenta mortal en Tailandia, y arrojando el ancla en Panamá; fue una década bastante movida para el movimiento seasteading. ¿Cuáles son las principales lecciones aprendidas y cuáles serán los próximos pasos?

En primer lugar, los seasteading están convencidos de que comenzar pequeño es la mejor estrategia. “Basta de grandes visiones de ciudades flotantes gigantes; solo dame una tecnología que pueda replicarse y pagarse por sí misma”, dice Joe Quirk cuando le hago esta pregunta. El Instituto Seasteading, a pesar de su marca ampliamente conocida, tiene solo dos empleados a tiempo completo, pero múltiples organizaciones sin fines de lucro y con fines de lucro, con enfoques y antecedentes diversos pero objetivos y valores compartidos, están comprometidas en la innovación a pequeña escala bajo el paraguas del instituto. Los proyectos respaldados por el TSI abarcan un espectro vasto, desde un solo ladrillo propuesto como material ecológico para construir en el océano hasta viviendas unifamiliares flotantes y colonias marítimas enteras. Este enfoque tipo startup permite a los “aquapreneurs” probar diferentes estrategias de monetización en paralelo. Por ejemplo, la empresa de tecnología de propiedad Arkhaus está desarrollando actualmente un club privado flotante en Miami para “disruptores e innovadores con ideas afines” con paquetes de membresía anuales que comienzan desde $7,500; si funciona, tienen la intención de replicar este modelo en Nueva York, Estambul, Dubái y París.

Una estrategia diferente pero complementaria podría ser reunir una comunidad en línea antes de construir algo físico. En línea con el concepto de gobierno no territorial (también conocido como criptosecesión) y network states (estados en red), este enfoque permite a los seasteading obtener una masa crítica de seguidores sin pedirles a todos que abandonen sus vidas y se muden a una plataforma flotante remota y precaria, y probar nuevas ideas sin lidiar con la burocracia o participar en luchas políticas. Ethos Island, por ejemplo, tiene la intención de crear una ciudad-estado privada en aguas internacionales y está invitando a todos a unirse a su comunidad virtual y votar por su ubicación.

Otro ejemplo es Atlas Island. Fundada en 2021 por un grupo de embajadores del TSI, han reunido alrededor de 400 miembros en línea comprometidos a convertirse en ciudadanos de un futuro seastead. En un principio, el plan es establecer comunidades marinas compuestas por embarcaciones individuales cerca de servicios en tierra, y luego desarrollar gradualmente la infraestructura necesaria para adentrarse más en alta mar, alejados de cualquier control gubernamental y, en última instancia, convertirse en un seastead completamente desarrollado con una ciudadanía basada en contratos, similar a una ciudad privada libre. Los fundadores están eligiendo ubicaciones para comunidades pioneras, una en el Mediterráneo y otra en el Caribe, y están desarrollando el “Arca de la Libertad”, una vivienda flotante unifamiliar autosuficiente para servir como bloque de construcción. El equipo de Atlas Island también está negociando con un gobierno (aún no revelado) para adoptar una bandera de conveniencia (FOC, por sus siglas en inglés), una práctica comúnmente utilizada por los propietarios de barcos para registrar una embarcación en un país diferente al país de propiedad real y así evitar costosas normas y regulaciones.

Aquí viene la segunda lección que los seasteading han aprendido después de varios intentos de llegar a un acuerdo con algún estado: es hora de dejar de negociar con los gobiernos y comenzar a negociar con los registros de abanderamiento. Es una práctica común que estados decidan delegar las funciones administrativas y regulatorias de registrar un barco, hacer cumplir las regulaciones marítimas e inspeccionar las embarcaciones a entidades privadas de terceros. Como resultado, mientras el barco enarbola la bandera de la nación en cuestión, una entidad privada se encarga de muchas de las tareas regulatorias diarias. La práctica es ubicua: la gran mayoría del transporte marítimo mundial se realiza bajo banderas de conveniencia. Para los estados que emiten banderas de conveniencia, más barcos que llevan la bandera de un país, y que pagan una tarifa anual por ello, significa más dinero en el presupuesto de ese país, lo que lo convierte en un acuerdo beneficioso para ambas partes. Panamá ostenta firmemente el liderazgo en cuanto al número de barcos que llevan su bandera, seguido de Liberia, las Islas Marshall, Malta y las Bahamas. Como explica Quirk:

“El ecosistema legal para el seasteading no está definido en el derecho internacional, por lo que el Instituto Seasteading tiene la intención de negociar con los registros de abanderamiento para que las Bahamas, Panamá, Malta o Liberia definan los seasteads como una categoría legítima de embarcación en el derecho internacional. … Si lo logramos, dos tercios de la superficie terrestre de la Tierra serán un lienzo en blanco para experimentar con comunidades voluntarias”.

En el caso del MS Satoshi, Panamá estaba dispuesto a otorgar su bandera al mega barco, pero simplemente no tenían idea de cómo clasificarlo. Clasificarlo como una embarcación apta para navegar implicaba que el barco se movería, transportando pasajeros y mercancías, llevando miles de galones de combustible, requiriendo una tripulación de unas 30-40 personas y siguiendo una gran cantidad de costosas regulaciones ambientales y laborales, todas las cuales, de hecho, no tenían relevancia para una comunidad residencial flotante, que es lo que realmente pretendía ser el MS Satoshi. Si solo Panamá, por lo demás bastante favorable a las iniciativas de seasteading, pudiera definir los seasteads como una entidad legal legítima, eso cambiaría el juego. Las reglas del océano son fluidas (recientemente, por ejemplo, la ONU ha actualizado las normas ambientales que rigen en alta mar) y nuevos precedentes legales eventualmente conducirán a nuevas prácticas legales.

Aquí viene la tercera lección principal que los seasteading han aprendido hasta la fecha: priorizar la seguridad. Es fácil ver cómo las regulaciones engorrosas obstaculizan el progreso científico e institucional, y, de hecho, el principio de precaución, el miedo instintivo a todo lo nuevo, es en gran medida responsable de la desaceleración de la innovación a nivel mundial. Pero para que los tecno-optimistas ganen el argumento, también es importante recordar que, en el fondo, cuando se trata de personas normales, este miedo no está impulsado por alguna ideología partidista, sino por un deseo humano natural de seguridad. Por lo tanto, para ganar la opinión pública y a los responsables de tomar decisiones de su lado, los seasteading deben mostrar que, al buscar escapar de las normas gubernamentales, no simplemente tiran todas las precauciones a la basura, sino que reemplazan regulaciones marítimas engorrosas y obsoletas con una autorregulación moderna y ágil.

La reciente y catastrófica implosión del sumergible Titan de OceanGate fue un trágico recordatorio de la peligrosa naturaleza del océano que podría haberse evitado, escribe el blog del TSI: “Los seasteaders están en el borde de la innovación, pero la innovación no puede ignorar la física”. Para evitar futuras tragedias, contrarrestar la ansiedad y aumentar la confianza pública, el TSI se está reinventando como una sociedad de clasificación. Un equipo de voluntarios está ocupado revisando miles de páginas de estándares de seguridad existentes y redactando un documento (“Reglas y Normas de la Sociedad de Clasificación”) para definir legalmente los seasteads en el derecho internacional. Esto permitiría al TSI utilizar su reputación para otorgar – o rechazar – su sello de aprobación a proyectos que deseen ser considerados seasteads. Si todo va según lo planeado, eso brindaría mayor confianza a todas las partes involucradas – registros de abanderamiento, compañías de seguros, inversionistas y los propios seasteaders – en la exploración de habitar las aguas desconocidas.

 

Un mar de posibilidades: ¿Qué viene para el seasteading?

Las ideas del seasteading no evolucionaron en aislamiento, al igual que las Ciudades Libres, los seasteads pertenecen a un movimiento más amplio de iniciativas que exploran cómo la innovación en la gobernanza aumenta la libertad y la prosperidad humana. En comparación con las comunidades libres basadas en tierra, los proyectos de seasteading tienen una gran ventaja: la movilidad. Las embarcaciones individuales y comunidades flotantes enteras pueden ser trasladadas a un lugar nuevo si el entorno político en el país de origen se vuelve hostil. Esta fluidez permite a los seasteads disfrutar de una autonomía sin igual aquí y ahora.

Posiblemente estemos a décadas de que las Naciones Unidas reconozcan a los microestados flotantes como entidades soberanas, pero persuadir al menos a un país (¿tal vez Panamá?) para que reconozca a los seasteads parece bastante posible. A medida que las leyes oceánicas se adaptan y cambian, casi la mitad de la superficie del mundo permanece sin reclamar por ningún gobierno, un lienzo abierto para la exploración y experimentación. En esta vasta extensión de azul, yace la promesa de crear “una gran diversidad de gobiernos para una gran diversidad de personas” y un futuro donde cada ola traiga nuevas posibilidades.

 

Imagen de portada: OCEANIX/BIG-Bjarke Ingels Group.

Traducido del inglés por Juan D. Estevez